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La verdadera Historia

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Estudiar la Historia basados solamente en nombres, lugares y fechas puede ser un desperdicio de tiempo y esfuerzo. Los profesores que limitan su clase a esto desaprovechan una oportunidad preciosa de nutrir a sus alumnos con la comprensión de los procesos más allá de los datos escuetos que les obligan a memorizar.

 

La Historia debe entenderse a partir de las causas y los efectos de los hechos. El presente es el resultado de un movimiento que viene del pasado.

 

Por supuesto es importante conocer las fechas y lugares, porque permiten correlacionar los hechos con otros que influyeron o fueron influidos por ellos. Y hay que conocer las personas que protagonizaron los eventos para analizar la participación que tuvieron, pero teniendo claro que no fueron los únicos que intervinieron en ellos.

 

Es necesario evitar los juicios de valor que califican a los protagonistas simplemente como “los buenos” y “los malos”, y evaluar, más bien, las razones que los llevaron a actuar de tal o cual manera, que pueden ser válidas en el momento de los hechos, aunque ahora se vean de una forma diferente.

 

Pero todo ello no basta. Lo que realmente importa es el proceso conformado por la serie de eventos y hechos que se narran.

 

Así las cosas, y para poner un ejemplo que ilustre esta reflexión, me ha parecido que la polémica entre los seguidores —¿fanáticos?— de nuestros dos próceres mayores, Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, por lo general aporta muy poco a conocerlos a fondo, más allá de su personalidad, sus discursos y sus frases impactantes, porque en esas polémicas poco se profundiza en la situación de la Gran Colombia después de la Independencia, y en los procesos que entonces se vivían.

 

La verdad es que nuestra independencia poco o nada cambió los vicios que existían durante la dominación española que motivaron la revuelta emancipadora. La mayoría de las cosas permanecieron igual, las injusticias siguieron cometiéndose y los vacíos sociales y económicos continuaron sin ser satisfechos. Simplemente, las cosas sólo cambiaron de manos.

 

La tierra, en particular los latifundios, y el comercio de bienes importados, continuaron siendo los medios de producción principales. Sólo cambiaron los aristócratas que los ejercían, pues los nuevos eran criollos. Continuaron las restricciones para las demás actividades económicas y para las otras clases sociales. Los verdaderos cambios ocurrirían varias décadas después del inicio de la República, gracias a una coalición de clases —la burguesía, los artesanos, los pequeños propietarios agrícolas y los esclavos—.

 

Los comerciantes promovían la eliminación de los resguardos indígenas y de la esclavitud, con el fin de aumentar la base de consumidores asalariados que comprasen más productos. Además, estaban interesados en que se eliminaran las barreras arancelarias para el comercio internacional.

 

Los artesanos, por el contrario, pedían el estímulo y la protección de la pequeña producción nacional, entrando así en conflicto con los comerciantes.

 

Los pequeños agricultores abogaban por mayor acceso a la tierra y por la supresión de los estancos —en particular el del tabaco— y de gravámenes tales como el diezmo que pesaba sobre ellos.

 

Los terratenientes estaban interesados en que se mantuviese el statu quo de las grandes concesiones de baldíos —la mayoría improductivos—, que continuara la esclavitud, y sólo coincidían con los pequeños en su interés por la abolición del diezmo.

 

Era obvio que los esclavos deseaban su libertad para asumir el estado de hombres y no de cosas, pero poca consciencia tenían de que el cambio podría ser más moral que práctico.

 

Poco se habla de cuál fue la posición y cuáles los actos de gobierno de Bolívar y Santander en torno a estos hechos.

 

Mientras los estudiosos de la historia no conozcan estos procesos poco entenderán las causas de muchas situaciones que hoy vive nuestra sociedad colombiana. Así como la independencia no abolió los vicios de la colonia, la situación de ese entonces no es muy diferente a la de hoy, aunque se manifieste en hechos distintos.

 


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Luis Fernando Múnera López/ Miembro correspondiente de la Academia Antioqueña de Historia